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LA DUEÑA DEL SILENCIO
Sí había alguien extraño en ese lugar de ensueño en donde nos encontrábamos, era una hermosa muchacha de unos veinte años, que según supimos después, era la hija de la propietaria de la hostería en El Bolsón.
En los casi catorce días que llevábamos hospedados, ella nunca había emitido una palabra y un gran dejo de tristeza se notaba en la mirada de sus ojos claros de color verde. Luego nos enteraríamos la terrible historia de Josefina, tal cual era su nombre.
Todo sucedió cuatro años atrás. La madre de Josefina, que era viuda, contrajo nupcias nuevamente con quién parecía ser la persona perfecta para ayudarla a criar a su hija y compartir el manejo de la hostería.
Pero muy pronto, luego de unos meses, este individuo mostró su verdadero rostro, empezó a abusar de la pequeña Josefina –que solo contaba con catorce años de edad- y así fue como comenzó su calvario, el que duraría poco menos de un año.
Una mañana de primavera, se escuchó un fuerte disparo y el trastornado padrastro dejó para siempre este mundo. La dueña y algunos huéspedes, que estaban desayunando, corrieron hasta el lugar de donde vino el ruido y lo que vieron los dejó a todos asombrados.
El padrastro tirado boca arriba en un gran charco de sangre, que le salía del pecho. Josefina temblando y con la ropa desordenada, miraba sin ver con la escopeta –que había sido de su padre- en sus manos.
Lo que vino después todavía fue más terrible para aquella niña devenida en mujer a la fuerza.
Cuando quiso contar lo que había pasado, de los abusos que soportó durante meses, nadie le creyó, ni siquiera la jueza de menores y mucho menos su madre, que estaba enfurecida por lo ocurrido y no fue el apoyo que ella necesitaba en ese momento.
De esta manera, fue a parar al reformatorio. A los siete meses fue madre de un varón, al que le puso de nombre Carlos, en recuerdo de su padre, del que quedó huérfana cuando solo tenía diez años.
Cuando el niño cumplió seis meses de edad, lo separaron de Josefina y el estado se hizo cargo de él, ella era menor y su madre ni siquiera sabía que tenía un nieto, ya que ella no quiso saber más nada de Josefina, abandonándola a su suerte.
Desde el día que se llevaron a Carlitos, ella decidió no hablar más. Pensaba que si no la querían escuchar, si no querían oír lo que tenía para decir, era totalmente inútil seguir hablando y le cerró para siempre la puerta del silencio a las palabras.
Así empezaron a transcurrir los lentos y largos días de su injusta reclusión en ese triste y gris lugar, abandonado de la mano de Dios.
En los finales del segundo año que ella pasaba encerrada, un día, repentinamente y sin aviso, pasó a visitarla su madre. Esta se sorprendió al verla, casi no pudo reconocer a la pequeña vivas, de ojos claros y largas trenzas, en esa niña-mujer adusta, de cabello muy corto y con una profunda tristeza en la mirada.
Josefina seguía sin hablar. No importó las disculpas de su madre pedidas de rodillas, por no haberle creído y sí creerle a ese innombrable ser, que era el principal responsable de que ella estuviera allí. Que le dijera que no sabía que había sido madre y que recién cuando se enteró, tres semanas antes, le cayó la ficha de lo que realmente sucedió y que por favor que la perdone, que le diga algo. Pero Josefina, seguía sin hablar.
Las visitas de su madre –que siempre eran un monólogo- se empezaron a hacer más frecuentes y así fue como se enteró que presentaron a través de un abogado que ella contrató –ya no sería más el de oficio que le habían asignado- una apelación a su sentencia, y que además estaban en la búsqueda de Carlitos, a fin de restituirlo definitivamente con su familia. Cuando escuchó esto último, una chispa de luz resaltó el color de sus hermosos ojos verdes. Aún así, siguió sin decir una palabra. Estaba absolutamente descreída y decepcionada de las personas.
El tiempo seguía pasando lentamente y cuatro meses antes de cumplir los dieciocho años, finalmente fue liberada y se fue a su casa, en el Bolsón, libre de culpas y cargo pero…sola, sin su hijo Carlitos.
Paralelamente, la búsqueda del niño no se detuvo y pudieron dar con la familia que se encargó de criarlo mientras ella estaba detenida.
Era un matrimonio de unos cuarenta años, el abogado y ella trabajadora social, tenían cuatro hijos adolescentes, que vivían en Neuquén. Ella por su trabajo, conoció al niño –por ese entonces de seis meses- y la historia contada por la propia Josefina. Luego en su casa, le comenta el caso a su marido, que se pone a indagar y reconoce como real su versión. Una de sus hijas tenía quince años, la misma edad de Josefina. En ese momento deciden hacerse cargo del niño, con el firme propósito de restituirlo a su verdadera madre, cuando esta cumpla los dieciocho años y sea liberada.
Y tan así fue que cumplieron su palabra, que al niño lo seguían llamando Carlitos, y él a ellos los llamaba tíos y a los hijos les decía primos. Siempre le hablaban de su mamá y que ésta un día vendría a buscarlo.
Una de las tardes, estábamos en el jardín de entrada de la hostería, al regreso de una caminata por el bosque, compartiendo el té con otros huéspedes, la dueña y más alejada, sentada sola en un sillón, Josefina. En ese momento, una camioneta todo terreno ingresa al predio. Josefina se para automáticamente, como expelida por un resorte.
Cuando la camioneta se detiene, bajan un matrimonio con cuatro adolescentes y un niño pequeño de la mano.
El niño se desprende del joven que lo tenía de la mano y corre hacia donde estaba Josefina, se escucha una fuerte y dulce voz diciendo Carlitos, mientras ella corre a su encuentro.
Y así fue como Josefina, abrió las puertas del silencio para llenar su hoy de palabras…
***
El bloqueado
En los casi catorce días que llevábamos hospedados, ella nunca había emitido una palabra y un gran dejo de tristeza se notaba en la mirada de sus ojos claros de color verde. Luego nos enteraríamos la terrible historia de Josefina, tal cual era su nombre.
Todo sucedió cuatro años atrás. La madre de Josefina, que era viuda, contrajo nupcias nuevamente con quién parecía ser la persona perfecta para ayudarla a criar a su hija y compartir el manejo de la hostería.
Pero muy pronto, luego de unos meses, este individuo mostró su verdadero rostro, empezó a abusar de la pequeña Josefina –que solo contaba con catorce años de edad- y así fue como comenzó su calvario, el que duraría poco menos de un año.
Una mañana de primavera, se escuchó un fuerte disparo y el trastornado padrastro dejó para siempre este mundo. La dueña y algunos huéspedes, que estaban desayunando, corrieron hasta el lugar de donde vino el ruido y lo que vieron los dejó a todos asombrados.
El padrastro tirado boca arriba en un gran charco de sangre, que le salía del pecho. Josefina temblando y con la ropa desordenada, miraba sin ver con la escopeta –que había sido de su padre- en sus manos.
Lo que vino después todavía fue más terrible para aquella niña devenida en mujer a la fuerza.
Cuando quiso contar lo que había pasado, de los abusos que soportó durante meses, nadie le creyó, ni siquiera la jueza de menores y mucho menos su madre, que estaba enfurecida por lo ocurrido y no fue el apoyo que ella necesitaba en ese momento.
De esta manera, fue a parar al reformatorio. A los siete meses fue madre de un varón, al que le puso de nombre Carlos, en recuerdo de su padre, del que quedó huérfana cuando solo tenía diez años.
Cuando el niño cumplió seis meses de edad, lo separaron de Josefina y el estado se hizo cargo de él, ella era menor y su madre ni siquiera sabía que tenía un nieto, ya que ella no quiso saber más nada de Josefina, abandonándola a su suerte.
Desde el día que se llevaron a Carlitos, ella decidió no hablar más. Pensaba que si no la querían escuchar, si no querían oír lo que tenía para decir, era totalmente inútil seguir hablando y le cerró para siempre la puerta del silencio a las palabras.
Así empezaron a transcurrir los lentos y largos días de su injusta reclusión en ese triste y gris lugar, abandonado de la mano de Dios.
En los finales del segundo año que ella pasaba encerrada, un día, repentinamente y sin aviso, pasó a visitarla su madre. Esta se sorprendió al verla, casi no pudo reconocer a la pequeña vivas, de ojos claros y largas trenzas, en esa niña-mujer adusta, de cabello muy corto y con una profunda tristeza en la mirada.
Josefina seguía sin hablar. No importó las disculpas de su madre pedidas de rodillas, por no haberle creído y sí creerle a ese innombrable ser, que era el principal responsable de que ella estuviera allí. Que le dijera que no sabía que había sido madre y que recién cuando se enteró, tres semanas antes, le cayó la ficha de lo que realmente sucedió y que por favor que la perdone, que le diga algo. Pero Josefina, seguía sin hablar.
Las visitas de su madre –que siempre eran un monólogo- se empezaron a hacer más frecuentes y así fue como se enteró que presentaron a través de un abogado que ella contrató –ya no sería más el de oficio que le habían asignado- una apelación a su sentencia, y que además estaban en la búsqueda de Carlitos, a fin de restituirlo definitivamente con su familia. Cuando escuchó esto último, una chispa de luz resaltó el color de sus hermosos ojos verdes. Aún así, siguió sin decir una palabra. Estaba absolutamente descreída y decepcionada de las personas.
El tiempo seguía pasando lentamente y cuatro meses antes de cumplir los dieciocho años, finalmente fue liberada y se fue a su casa, en el Bolsón, libre de culpas y cargo pero…sola, sin su hijo Carlitos.
Paralelamente, la búsqueda del niño no se detuvo y pudieron dar con la familia que se encargó de criarlo mientras ella estaba detenida.
Era un matrimonio de unos cuarenta años, el abogado y ella trabajadora social, tenían cuatro hijos adolescentes, que vivían en Neuquén. Ella por su trabajo, conoció al niño –por ese entonces de seis meses- y la historia contada por la propia Josefina. Luego en su casa, le comenta el caso a su marido, que se pone a indagar y reconoce como real su versión. Una de sus hijas tenía quince años, la misma edad de Josefina. En ese momento deciden hacerse cargo del niño, con el firme propósito de restituirlo a su verdadera madre, cuando esta cumpla los dieciocho años y sea liberada.
Y tan así fue que cumplieron su palabra, que al niño lo seguían llamando Carlitos, y él a ellos los llamaba tíos y a los hijos les decía primos. Siempre le hablaban de su mamá y que ésta un día vendría a buscarlo.
Una de las tardes, estábamos en el jardín de entrada de la hostería, al regreso de una caminata por el bosque, compartiendo el té con otros huéspedes, la dueña y más alejada, sentada sola en un sillón, Josefina. En ese momento, una camioneta todo terreno ingresa al predio. Josefina se para automáticamente, como expelida por un resorte.
Cuando la camioneta se detiene, bajan un matrimonio con cuatro adolescentes y un niño pequeño de la mano.
El niño se desprende del joven que lo tenía de la mano y corre hacia donde estaba Josefina, se escucha una fuerte y dulce voz diciendo Carlitos, mientras ella corre a su encuentro.
Y así fue como Josefina, abrió las puertas del silencio para llenar su hoy de palabras…
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El bloqueado
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Uhhhh una historia muy fuerte, con final tan feliz como amargo.
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