LA VUELTA
El viejo colectivo iba como tosiendo, despacio y mugriento, por aquella especie de ruta que llevaba al pueblo de “Parada Acuña”. La ruta estaba en mal estado luego de una interminable semana de lluvias, como si el cielo queriendo mostrar su gran tristeza, llorara angustiosamente durante 7 días corridos. Él miraba por la ventanilla, pero no veía el paisaje, venía abstraído en sus pensamientos cuando unas lágrimas brotaron silenciosas de sus apagados ojos.
Hacía 23 años exactos que había salido del pueblo, escapándole a la rutina queda de los días iguales y monótonos, en aquel perdido lugar olvidado del mundo y de la mano de Dios. El futuro que le esperaba era de ser peón de alguna estancia. Pero él dijo ¡No! y con sus 17 años recién cumplidos, él se marchó sin volver la vista atrás.
Quedaron en el rancho, sus tres hermanas menores, sus padres y casi ningún recuerdo. Y así llegó a la gran ciudad, con una muda de ropa y su ignorancia a cuestas como único equipaje.
La gran ciudad lo dejó mudo y muy asustado, nunca, pero nunca se imaginó que pudiera existir un lugar tan grande y donde que vivieran tantas personas. Y no fue lo único, no conocía a nadie y no sabía qué hacer. En eso estaban sus pensamientos, cuando una voz lo saluda en guaraní. Eran unos muchachos de su edad, con los que había intercambiado unas palabras en el tren. Ellos eran paraguayos, que volvían a Bs As a trabajar, después de pasar las fiestas en su pago. Como sabían que él no tenía a nadie, lo invitaron a ir con ellos. Así fue como terminó viviendo en la Villa de los Paraguayos, Caseros, en el conurbano bonaerense. Una villa pobre, pero laburante y honesta.
Como apenas sabía leer y escribir -ya que no hizo más del cuarto grado- empezó a laburar de peón de albañil. No fue nada fácil, no sabía siquiera que era un fratacho, pero su gran entusiasmo lo llevó a aprender rápido, casi tan rápido como se olvidó de sus desdichas y se adaptó a la gran ciudad.
Durante los primeros 6 meses vivió con una de las familias que había conocido en el tren, luego ya se alquiló una pieza en la misma villa, donde antes del año se enchamigó con una linda morocha, que sería la madre de sus únicos dos hijos varones –además tuvieron una chancleta- la cual era la luz y la alegría del hogar.
Ya para el 5° año de estar en Bs. As. se pudo comprar un terrenito en las periferias de la villa y comenzó a construir su casita de material -ahora ya tenía tres chicos y el mayor empezaba a ir a la escuela- la morocha trabajaba en la casa y hacía chipá mbocá, para ayudar con la economía familiar. La vida empezó a sonreírle.
El último censo demostró, que si bien la villa era conocida como “de los Paraguayos”, solo el 52% era de esa nacionalidad, también estaban muchos peruanos y argentinos del interior, especialmente del norte y del litoral.
Pero…en toda historia, siempre hay un pero. Hace unos 10 ó 12 años, la cosa empezó a cambiar. Primero llegó el “paco” y en el barrio se empezaron a mezclar entre la gran mayoría de gente honesta, algunos traficantes de poca monta y luego los más pesados. Y se empezó a corromper la juventud de la villa. Entre ellos, sus 2 hijos varones –la mujercita, ahora de 19 años, se había casado y vive en el B° de Caballito de la Capital Federal, con su hijito y su marido que trabaja en el subte- ella pudo escapar a tiempo.
Y se empezaron a pelear por el territorio, y hubo muertos, y venganzas. Y más muertos. La policía ni siquiera entraba a la villa.
Y hace menos de un mes, la muerte golpeó la puerta de su casa. Él estaba trabajando en una obra de construcción. Una banda rival a la que pertenecían sus hijos, los fueron a buscar a su casa y no solo los mataron a tiros a ellos, también acribillaron a “la morocha”, su mujer, su compañera, la que estuvo a su lado en los años más duros del comienzo y hasta este momento.
Fueron a avisarle a la obra de construcción y luego lo vio por Crónica. En ese instante su vida entera se derrumbó. En ese instante se abandonó, se dedicó a beber –cosa que casi nunca hacía, salvo algún asado de finalización de obra o en las fiestas de navidad y año nuevo- tanto, que lo encontraron una semana después en coma alcohólico y se pasó 15 días internado. Su hija lo llevó a su casa, para que pudiera terminar de reponerse.
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Hoy, en un viejo colectivo que va como tosiendo, con lágrimas en los ojos y mirando sin ver el paisaje, él está yendo de regreso a su viejo pueblo, a la casa de sus padres que lo esperan con los brazos abiertos.
ººº
El bloqueado

Me hiciste acordar a "Che gente cuera" con esta cálida historia, tan bien ambientada. Acá va: https://www.youtube.com/watch?v=E4y3r2p2hig
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