TRATANDO DE ENTENDER
Por enésima vez abro el libro, el mismo libro, el incorpóreo compendio de palabras hiladas contándome la historia que encierra lo que sería una suerte de diario de la vida de Juan.
Juan el buscador, Juan el filósofo, Juan el niño- adulto-viejo- sin cuerpo y con dudas, Juan el sabio, Juan el que vuelve a buscar entre las palabras. Palabras que atrapan, que inútilmente intento disecarlas, de colocarlas en un espectro-fotómetro para ver de qué están hechas, indagar su origen. Ver como hicieron para estar en armonía/desarmonía al mismo tiempo. Y así y todo, transmitirnos sensaciones, profundas sensaciones, angustias, alegrías y soledad acompañadas de una enorme estrella negra, de los recuerdos de infancia, del sabor a lluvia, del calor de la tarde y del calor de la gente. De Invenciones de Morel y de Moral disfrazada atrás de una camisa con corbata y Flores robadas en los jardines de Quilmes. La ciudad y la cerveza fresca como una tarde-noche de otoño. De la historia estudiada en el colegio, la contada por otros y la vivida. De las pequeñas historias de recortes que empezaron con el primer llanto y de los sucesivos recortes que se agregaron mientras cumplíamos el rito de crecer.
Del círculo llamado vida y la calma del vórtice, del azul cielo que se ve lejos, la luna y las estrellas, de su estrella negra y música de rock and roll. Del arte que no se explica pero se disfruta. De los Girasoles de Van Gogh y La persistencia de la memoria -los Relojes blandos- de Dalí. Del pentagrama y la música. La sutil, sublime, ensordecedora música que acompaña los pasos. De los pasos que se dan con cuidado por temor a golpearse y que duela. Del dolor de saber y a veces de no saber, disyuntiva binaria presente en forma permanente en ocasiones pasajeras.
De palabras que están hechas con letras y que a veces no dicen nada, escritas de manera mecánica para llenar los renglones de una hoja en blanco. Para decir cosas innecesarias dónde el silencio –bien escuchado- dice más de lo que somos y poder así no tener Cien años de soledad. El silencio es Salud, dicen, pero a veces también aturde.
Vuelvo a abrir el libro y nuevamente me sumerjo en el mundo de Juan, trato de desescribir las palabras, entonces me doy cuenta –al fin me doy cuenta- que lo único que tengo que hacer es disfrutar de la lectura.
No hay nada que entender, ya está todo entendido…
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